Neurociencia contemplativa (o cómo ser plenamente humano)

El aumento de la investigación sobre la meditación que está teniendo lugar en las últimas décadas (en 2010 se duplicó el número de artículos científicos sobre meditación con respecto al 2005) es señal de un interés en profundizar sobre la naturaleza de nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestro cerebro y el modo en que su interrelación afecta a la salud y la enfermedad, al bienestar y al sufrimiento, a la felicidad y la desesperación. En resumen, a nuestra humanidad básica. Nos estamos empezando a tomar en serio, como individuos y como sociedad.

De una ciencia harto positivista y, en apariencia, carente de alma, hemos pasado a una ciencia con corazón: el Cosmos ya no es considerado algo mecánico, frío y con unas leyes materiales estáticas sino como pulsión de vida, como consciencia que evoluciona hacia comprenderse a sí misma. La consciencia es inmaterial pero también material. Como está demostrando la física cuántica, cada una de nuestras células son consciencia, cada uno de los átomos son consciencia. Asistimos asombrados a la evidencia de que la consciencia se rige por las mismas leyes naturales que la materia y a cómo la materia forma parte y danza en las leyes invisibles de lo inmaterial.

No ajenas a esto, las investigaciones sobre el cerebro comienzan a poner la discusión en otro plano. Al fin la integración e interacción entre Oriente y Occidente da paso a una rica comprensión de lo que sucede en nuestra mente durante la meditación y las experiencias cumbre.

Las grandes líneas de sabiduría milenaria son ahora objeto de investigación neurocientífica: la ilusión del yo, la comprensión transpersonal, el satori, éxtasis y arrobamientos, la no-dualidad…
Un claro signo que nos señala el camino emergente de la desmitificación de este clásico conflicto entre ciencia y espiritualidad.

Gracias a este interés creciente en la meditación desde la investigación científica podemos aprehender y completar la comprensión total de los milenarios caminos de sabiduría.

Después de explorar los terrenos de las tradiciones espirituales y de la neurociencia, comprendiendo y aprehendiendo el sentido de la práctica de la meditación en nuestras vidas y culturas, ya estamos empezando a entender la serie de beneficios y efectos sobre cuestiones muy prácticas. Se nos brinda la posibilidad de convertir esas comprensiones en acciones, intervenciones y herramientas que aportan consciencia y salud a la vida del ser humano: ¿cómo podemos crear y mantener una mente sana?, ¿cómo podemos cultivar un mayor equilibrio emocional en nuestra vida y en nuestra sociedad?

Cuando practicamos la meditación, cuando nos volvemos conscientes y atentos, nos conocemos, conocemos el funcionamiento de nuestra mente y de la Mente del Universo; estamos haciendo lo que los místicos han hecho durante siglos.

Una frase sobre Buda caracteriza el punto de vista del neurobiólogo James Austin: “…hace mucho tiempo, en una tierra lejana, el cerebro de un hombre cambió bruscamente.” Desde el punto de vista de Austin, el despierto es aquel cuyo cerebro se ha reestructurado de manera fundamental.

La teoría básica de Austin es que los momentos pasajeros de visión interior, conocidos en el zen como kensho o satori, básicamente “formatean” el cerebro, permitiendo que antiguas y habituales estructuras de la mente (básicamente aquellas centradas en el “yo, mi, mío”) se disuelvan y reformen en líneas más flexibles, sensibles y compasivas.

La meditación es un paso necesario en el caminar espiritual hacia el desarrollo de las dimensiones física, psicológica y social del hombre. Propicia el cultivo de cualidades en uno mismo y hacia todo lo manifestado tales como la empatía, el amor, la unión e interconexión, la compasión, la benevolencia, la serenidad, la felicidad y la ecuanimidad. Le ayuda a “despertarse”, a escucharse atentamente, a descubrirse y aceptarse. En definitiva, a ser plenamente humano.

¿Puedes aceptar la idea de que en cuanto cambias tu estado interior no necesitas que el mundo exterior te dé una razón para sentir alegría, gratitud, aprecio o cualquier otra emoción elevada?
 Joe Dispenza

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